EL SOLITARIO GRANO SUELTO: ¡ARROZ PARA UNO MARCHANDO!

Recuerdo con cierta nostalgia aquellos tiempos de abundancia, cuando preparaba pucheros de arroz para cinco o seis comensales y el éxito estaba asegurado: siempre salía perfecto, siempre suelto. Pero ¡ay!, amigo mío, el destino es caprichoso. Cuando uno se ve en la tesitura de cocinar una sola ración para sí mismo, la física cuántica de la cocina cambia por completo.

Tras una oscura época de arroces pegajosos y de comer "poco pan y sin sal", he dado con la técnica definitiva, el Santo Grial de los solteros: la sartén. Pero no una cualquiera, sino una sartén pequeña, manejable, casi íntima.

El Ritual

  1. El Preludio: Vertemos un hilo de aceite y añadimos un ajo finamente picado. Debemos esperar con paciencia hasta que dore, llenando la cocina con ese aroma que es música para el olfato.

  2. El Bautismo: Añadimos el arroz. Yo soy fiel al grano largo para esta aventura. Es vital dejar que se rehogue, que cada grano se impregne bien del aceite aromatizado, como si se estuvieran preparando para la batalla.

  3. La Alquimia: Añadimos el agua. La proporción es sagrada: el doble y un pelín más. Salamos al gusto y dejamos que la magia ocurra, permitiendo que cueza hasta que el agua se evapore por completo, reclamada por el calor.

  4. La Gloria: Un breve reposo para que los ánimos se calmen y... a servir.

El Veredicto

El resultado es incontestable. El arroz queda más suelto que un lebrel persiguiendo a su presa (que, por supuesto, es una liebre). Una técnica infalible para cuando el puchero es demasiado grande y el hambre tiene nombre propio.

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