Seguro que alguna vez habéis comprado un bote de encurtidos envasados; unos buenos pepinillos agridulces, por ejemplo. Pues bien, ahí está el quid de la cuestión. Te los zampas con alegría y, de repente, te quedas mirando el frasco: ahí sigue toda esa enjundia, ese líquido maestro que una empresa se ha dedicado a equilibrar con su punto justo de vinagre, especias y azúcar. Tirar eso es un pecado. Yo, ni corto ni perezoso, reutilizo ese frasco con todo su jugo para echar cebollas, ajos o esas aceitunas baratas que, tras un par de días bañándose ahí, parecen de gourmet.
La revelación me llegó un día cualquiera, preparándome una ensalada con remolacha de esa que ya viene cocida y envasada al vacío. Me sobraron un par de piezas y, para que no se quedaran languideciendo en la nevera hasta estropearse, las metí en un tarro vacío de pepinillos que tenía a mano. ¡Qué lujo! No solo aguantan el tipo perfectamente, sino que el sabor que cogen es de otro planeta sin llegar a resultar invasivo.
Lo que empezó como un simple método de conservación improvisado se ha convertido en mi religión. Ahora lo uso incluso para hortalizas en fresco: unos palitos de zanahoria, unos rabanitos o un poco de coliflor cruda. Se quedan crujientes, con ese toque avinagrado y un punto picante que te alegra cualquier cena.
Ya sabéis cómo va esto: cocina de aprovechamiento, pequeños trucos de guerrilla y mucha imaginación. Aquí no se tira nada, aquí se reinventa todo.
¡A zampar!

Comentarios
Publicar un comentario